Truman, cada uno se muere como puede
Vivimos tiempos difíciles, tiempos en los que el tocino puede ser un arma de destrucción masiva según la OMS y su lista de cosas letales. Tiempos en los que cunde el pánico más rápido que la pólvora gracias a las redes sociales y su efecto cuñado.
Pero quiero contarle algo a los cuñados de Internet: la primera cosa que mata es vivir, y cuanto más vives, más posibilidades tienes de morir. Y antes de que me vuelva loco entre tanta redundancia quiero pedir un fuerte aplauso para los que se dedican en cuerpo y alma a la vida, pues son los que se marchan de ella con una sonrisa de oreja a oreja.

Truman no es la OMS, pero si es un manual perfecto de cómo despedirse sin convertirlo en tragedia. Con unos sencillos pasos: elegir bien de quien quieres rodearte para el adiós y hacer con ellos lo que te hace feliz, que a veces es tan sencillo como cogerse una buena borrachera, comer bien o simplemente pasar tiempo recordando por qué los elegiste a ellos.
La clave de esta película es el humor; no tiene por qué ser tabú hacer bromas con algo tan serio, precisamente es cuando más se necesita. Y cuando la broma viene del protagonista de una desgracia, te saca una sonrisa de admiración, porque ese es el mayor síntoma de valentía, y Cesc Gay puede estar orgulloso de haber creado una película muy valiente.

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